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José Gordillo

Periodista y editor

NUESTRO MUNDO ESFÉRICO

S
omos habitantes de una aldea global. Este concepto acuñado por el filósofo canadiense Marshall McLuhan esconde una de las paradojas de la sociedad contemporánea: la necesidad de sentirnos únicos. Y es que todos queremos otorgarle un significado especial a nuestra existencia. A partir del momento en el que usamos la razón, nos embarcamos en una búsqueda personal condicionada por nuestro entorno y el modo en que afrontamos la vida. Por si fuera poco, cada vez nos presentan más realidades en las que podemos vernos reflejados, sentimientos colectivos a la carta que conforman y refuerzan el carácter. Al final, la naturaleza humana se va diluyendo en un mar de identidades.

Si las diferencias realzan la individualidad, las semejanzas suponen una invitación a la convergencia y el entendimiento. Debemos atravesar las barreras que nos separan. Actualmente, no hay pasión más extendida que el fútbol, la mayor torre de Babel que ha visto la humanidad y cuyas piedras se encuentran incluso en los lugares más remotos del planeta. El deporte rey se ha convertido en un elemento mundial para la unión de los pueblos. Se trata de un fenómeno social que se remonta a más de medio siglo; ya en 1954, el periodista deportivo francés Jean Eskenazi escribía que «el único denominador común a todo el mundo, el único esperanto universal, es el fútbol. Es un lenguaje universal, cuya gramática no cambia desde el Polo Norte al Ecuador; que se habla en cada esquina con su acento particular». En mi caso, no fui consciente hasta que viajé por primera vez a otro continente.

Al aterrizar en Cancún, México, experimenté sensaciones muy distintas a todo lo que había conocido. Fue como enfrentarme a un enigma. El clima, la fauna, la vegetación y el paisaje me impresionaron, aunque eran aspectos sobre los que ya iba bien informado. Lo que realmente me causaba curiosidad era su gente. España y México comparten un idioma y un pasado en común —como expuso el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, «el castellano no solo trasciende las fronteras geográficas, sino las históricas»—. Sin embargo, no existen dos países con la misma forma de ver el mundo, al igual que dos historias que sean idénticas. De hecho, el contraste cultural es bastante amplio, desde la cortesía a la relación con la muerte, pasando por la gastronomía y sus costumbres alimentarias. ¿Era posible conectar en tan poco tiempo con personas de un lugar tan lejano?

Durante mi primera noche en el hotel, mientras contemplaba hipnotizado la costa del Caribe, uno de mis compañeros de viaje me presentó a un grupo de mexicanos con los que conversaba. Según me contaron, habían llegado de Celaya con motivo de una boda que iba a celebrarse aquel fin de semana. «¿Sabes algún equipo de Celaya?», me preguntó mi amigo, uno de los tipos más futboleros que conozco. El Atlético Celaya vino a mi mente por una razón: fue el último club donde jugaron Emilio Butragueño, Míchel y Hugo Sánchez. ¡Vaya tres! Todavía mayor fue su sorpresa cuando mencioné a Rafa Paz, uno de los emblemas del Sevilla FC en la década de los ochenta y los noventa y que también colgó las botas en el conjunto cajetero. Los celayenses no podían creerlo. Aquel detalle no solo resultó una especie de reconocimiento hacia su equipo y su ciudad, sino el inicio de una charla que se prolongaría varios días. El fútbol fue la puerta por la que entramos en sus corazones y su cultura.
El ser humano es un animal social, así que la identidad grupal se funde con el individuo. El sentido de pertenencia aparece por tradición, historia, estilo, oposición o simpatía, pero sobre todo por lo que representa. A la mañana siguiente de llegar a México, fui a la piscina del hotel para mitigar los efectos del clima tropical. Allí me topé con un nativo que vestía la nueva camiseta de la selección de España, una versión en negro y amarillo fluorescente; a la espalda, Sergio Ramos y el 15. «Bonita camiseta», le dije sonriente. Enseguida dedujo cuál era mi origen y reaccionó con entusiasmo, aún más cuando le revelé mi paisanaje con su ídolo futbolístico. Su nombre era Gerardo y trabajaba como chef en un rodizio —restaurante brasileño especializado en carnes—.

El chef Gerardo empezó explicándome que toda su admiración por Sergio Ramos se debía al enorme valor que tienen para el aficionado mexicano cualidades como la entrega, la garra y el liderazgo. Sin duda, aquel era otro loco del fútbol. Cada vez que coincidíamos el debate estaba servido, junto con guarniciones de pronósticos para la Copa del Mundo de Brasil que se jugaría meses más tarde. Eso sí, recuerdo que siempre me acababa diciendo aquello de «¡sepa la bola, güey!», expresión que va más allá del fútbol y que se utiliza desde la Revolución mexicana, aludiendo a la incertidumbre y refiriéndose por bola a gente muy diversa que se unía para un fin. Por cierto, España tuvo un papel decepcionante en el Mundial, llevando aquella camiseta solamente en su último partido, que también supuso su única victoria en el torneo.

Para el auténtico futbolero, hay una actividad que le motiva casi tanto como practicar o ver fútbol: hablar de fútbol. La manera de dialogar determina la relación con los demás, algo que me traslada a otra de aquellas noches en México. El espíritu aventurero requiere una dosis de temeridad y yo había decidido no volver con mi expedición y quedarme en Playa del Carmen. Al amanecer, caminé en solitario por la orilla del mar pensando en cómo regresar al hotel, misión peliaguda, pues estaba a treinta kilómetros y apenas me quedaban ochenta pesos. Opté por colarme en un resort cercano para probar fortuna en sus aparcamientos, prometiéndole a un taxista que le pagaría al llegar a mi hotel; con cierto recelo aceptó la propuesta.
Al saber que era español y periodista, aquel taxista me preguntó por Carlos Vela. El atacante de Cancún se encontraba en el mejor momento de su carrera, pero se negaba a retornar al Tricolor por motivos personales. No entré en polémicas y quise quitarle hierro al asunto, argumentando que el esquema sin extremos de Miguel Herrera disponía de perfiles similares como Giovani dos Santos, que también venía de firmar un buen año. Imagino que le agradaría mi respuesta, ya que charlamos sobre fútbol distendidamente durante la media hora de trayecto. Finalmente, cumplí con lo acordado, me regaló una tarjeta para mis futuros viajes y me deseó suerte.
El cóctel de emociones que reúne el fútbol es incomparable. Las referencias a las identidades de origen mantienen vigente su significado aun en tiempos de globalización. Por ello, es un inmenso generador de historias, la razón principal por la que iniciamos este proyecto. Todo comenzó con un grupo de amigos hablando de fútbol, personas de diferentes lugares con una pasión en común como excusa perfecta para confraternizar. Así pues, me gustaría concluir con una frase tan breve como rotunda del técnico argentino José Pékerman: «El yo nunca es tan importante como el nosotros».