Todo un estadio canta jaleando a sus jugadores. El público se levanta unido ante un gol. Los vellos de punta. Gran parte de esta sensación sobrecogedora durante un partido de fútbol se debe a que todos los seguidores forman una sólida unidad: la afición. Y la afición se mueve como una sola, se emociona como una sola, se viste como una sola. Esta pasión por las equipaciones de los clubes ha forjado una relación indivisible entre fútbol y moda.

TEXTO:
CRISTINA BAQUERIZO
ILUSTRACIÓN:
JARORIRO!

L
a moda y el fútbol son, aparentemente, dos mundos completamente diferentes. Sin embargo, las sensaciones que transmite una afición unida no serían lo mismo sin ver a todos vestidos con los mismos colores; con las camisetas, bufandas y banderas del equipo que llevan en el corazón. Inevitablemente, el fútbol inspira nuevas tendencias y la moda, a su vez, influye en el universo futbolístico. En el año 2005, el planeta fue testigo de una clara representación de esta unión tan estrecha entre ambas áreas a través de un vídeo inédito. En él, tras un entrenamiento del FC Barcelona, el brasileño Ronaldinho recibe unas botas Nike con las que, al probárselas, logra un dominio absoluto del balón. La plataforma YouTube apenas existía desde hacía medio año, por lo que este vídeo fue el primero que llegó a superar el millón de visitas. Fuera bien un montaje o bien una escena genuina, Nike consiguió una difusión sin precedentes gracias a una estrategia de marketing que había resultado ser toda una novedad en el mundo del fútbol.

EL ORIGEN DEL VÍNCULO

El interés mutuo entre la moda y el fútbol viene precedido por una mejora continua en las equipaciones. A lo largo de los años, la ropa deportiva ha ido ganando adeptos hasta conformar un estilo con nombre propio, un estilo que permite innovar en diseño y en tecnología, pero también crear prendas que saltan del terreno de juego afuera del campo. Para encontrar el origen de esta relación hay que viajar hasta Inglaterra y remontarse a 1860. Por aquel entonces, los equipos de fútbol ingleses se distinguían unos de otros mediante bandas cruzadas en el pecho o gorras de diferente color. Esto no evitaba las continuas confusiones, propiciando que, desde la década siguiente, se fueran ya utilizando —tímidamente— uniformes para poder identificar mejor a cada uno de los clubes. En los inicios las prendas solían fabricarse con telas naturales como el algodón, lo que las hacía pesadas y rígidas. Los equipos vestían con colores relacionados con sus orígenes, aunque algunos de ellos llegaron a tener más de un diseño de forma casi paralela. Un buen ejemplo es el Bolton Wanderers, que llevó en un mismo año tanto camisetas de color rosa como camisetas blancas con puntos rojos.

La ropa deportiva ha ido ganando adeptos hasta conformar un estilo propio

Conforme avanzaba el siglo XIX, el fútbol ganaba seguidores. Los jugadores dejaron de pertenecer exclusivamente a las clases altas y su procedencia social se dilató. Ante esta popularización, la Football League —creada en 1888— dictaminó que todos los equipos debían jugar con uniformes diferentes, regla que se terminaría sustituyendo por la actual: todos los clubes deben tener dos o más equipaciones con colores distintos. Ya en el siglo XX, se generalizó el uso de pantalones mucho más cortos y, por tanto, más cómodos para la práctica del fútbol. Por otra parte, los porteros empezaron a vestir indumentarias diferentes a las que se ponían el resto de sus compañeros. Al principio, las camisetas no identificaban todavía a los jugadores. Los dorsales se incorporaron a los uniformes a raíz de la década de los años treinta. El 29 de abril de 1933 se jugó la primera final de FA Cup con las camisetas numeradas. No obstante, estos cambios se fueron extendiendo de una forma lenta e irregular, así que la numeración no se aplicó en todos los equipos hasta la década de 1940.

Los años treinta son, asimismo, la década en la que se tiene constancia de las primeras gafas utilizadas dentro de un rectángulo de juego. El delantero italiano Annibale Frossi, que alcanzaría el mejor nivel de toda su carrera deportiva jugando en las filas del Inter de Milán, sobresalía no solo por su gran talento futbolístico, sino por usar este utensilio también durante los partidos. Y, como no podía ser de otra manera, aquella peculiar decisión influiría sustancialmente en la definición de su identidad estética. A veces, para poder sujetarse las gafas en medio de cada acción se ataba un vendaje en la parte superior de la cabeza, con el objetivo de fijar las lentes para que estas no le molestaran cayéndose o resbalándose constantemente. Y así fue como las llevaba en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. El uso de aquellos anteojos no supuso impedimento alguno para que Frossi fuera capaz de anotar en cada uno de los encuentros que disputó la selección de Italia a lo largo del torneo: en la primera ronda le metió uno a Estados Unidos (1-0), en los cuartos de final hizo un hat-trick frente a Japón (8-0) y en las semifinales marcó en la prórroga contra Noruega (2-1). De hecho, una vez en la final, fue él quien transformó los dos goles del triunfo de Italia ante el combinado nacional de Austria (2-1), dándole así la medalla de oro al cuadro transalpino y concluyendo como máximo realizador del certamen olímpico gracias a sus 7 tantos. Aquel look tan personal exhibido por el futbolista udinés recuerda bastante al que mostraría más recientemente el carismático Edgar Davids. El centrocampista neerlandés, nacido en Surinam y criado en la prolífica cantera del Ajax de Ámsterdam, también destacaría especialmente por tener que equiparse con gafas protectoras a la hora de jugar. En este caso, la razón se debía a un glaucoma que se le había desarrollado en 1999, cuando jugaba para la Juventus de Turín. El aspecto de Davids sobre el césped era absolutamente inconfundible.

Los años treinta son, asimismo, la década en la que se tiene constancia de las primeras gafas utilizadas dentro de un rectángulo de juego. El delantero italiano Annibale Frossi, que alcanzaría el mejor nivel de toda su carrera deportiva jugando en las filas del Inter de Milán, sobresalía no solo por su gran talento futbolístico, sino por usar este utensilio también durante los partidos. Y, como no podía ser de otra manera, aquella peculiar decisión influiría sustancialmente en la definición de su identidad estética. A veces, para poder sujetarse las gafas en medio de cada acción se ataba un vendaje en la parte superior de la cabeza, con el objetivo de fijar las lentes para que estas no le molestaran cayéndose o resbalándose constantemente. Y así fue como las llevaba en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. El uso de aquellos anteojos no supuso impedimento alguno para que Frossi fuera capaz de anotar en cada uno de los encuentros que disputó la selección de Italia a lo largo del torneo: en la primera ronda le metió uno a Estados Unidos (1-0), en los cuartos de final hizo un hat-trick frente a Japón (8-0) y en las semifinales marcó en la prórroga contra Noruega (2-1). De hecho, una vez en la final, fue él quien transformó los dos goles del triunfo de Italia ante el combinado nacional de Austria (2-1), dándole así la medalla de oro al cuadro transalpino y concluyendo como máximo realizador del certamen olímpico gracias a sus 7 tantos. Aquel look tan personal exhibido por el futbolista udinés recuerda bastante al que mostraría más recientemente el carismático Edgar Davids. El centrocampista neerlandés, nacido en Surinam y criado en la prolífica cantera del Ajax de Ámsterdam, también destacaría especialmente por tener que equiparse con gafas protectoras a la hora de jugar. En este caso, la razón se debía a un glaucoma que se le había desarrollado en 1999, cuando jugaba para la Juventus de Turín. El aspecto de Davids sobre el césped era absolutamente inconfundible.

LA OPTIMIZACIÓN DE MATERIALES

En los inicios del fútbol oficial, los jugadores calzaban zapatos normales o los mismos del trabajo, clavándoles tiras de cuero para tener más agarre. Las primeras botas de fútbol se crearon a finales del siglo XIX: eran de cuero pesado, duras, con colores oscuros y alcanzaban por encima del tobillo. El nuevo siglo dio lugar a la innovación del calzado, lo que se notó sobre todo en la ligereza de los materiales; para el año 1936, las botas pesaban hasta un tercio menos. Estos cambios tuvieron sus detractores. De hecho, hubo clubes, entre ellos los británicos, que las rechazaron en un primer momento. También se opusieron a ellas algunos jugadores como Billy Wright. El otrora capitán de la selección de Inglaterra dijo que las nuevas botas eran «más apropiadas para el ballet que para el fútbol». Pese a que llevar calzado siempre ha sido obligatorio, hay una anécdota interesante acerca de su ausencia. En 1938, en la Copa del Mundo de Francia, uno de los botines de Leônidas da Silva se descosió. El delantero brasileño se descalzó también el otro pie, regresó al juego y marcó un gol. Al tener los pies llenos de barro, el árbitro no apreció el detalle. En cuanto tuvo constancia, le instó a calzarse, aceptándose algo que, en la actualidad, solo sería válido en caso de una pérdida realmente accidental de las botas.

Los materiales y los presupuestos con los que podían contar los clubes de fútbol eran muchísimo más limitados tras la Segunda Guerra Mundial, algo que, sin duda, definió el nuevo estilo de sus uniformes a partir de aquellos años. Desde entonces, se prefirieron emplear los tejidos sintéticos, por lo que las prendas pesaban menos y eran bastante más cómodas. También se caracterizaban por el uso de los cuellos en pico. En el año 1954, la empresa Adidas —fundada en 1949— fabricó las primeras botas que liberaban la superficie del tobillo. Estos botines eran el doble de caros que los habituales, pero tuvieron muy buena aceptación y cosecharon un éxito casi inmediato. Evidentemente, hubo de nuevo países y clubes que volvieron a sentir el rechazo hacia todas estas novedades, aunque lo cierto es que la mayoría de los equipos acabarían incorporándolas tarde o temprano, especialmente durante la década de los sesenta.

En cuanto al diseño de las camisetas, los colores de la década de los sesenta estaban caracterizados por su simpleza, en vista de que así se distinguían mucho mejor bajo las luces de los innovadores focos de los estadios. En la década de los setenta, las equipaciones empezaron a confeccionarse con modelos cada vez más personalizados. Fue también en aquella época cuando se comenzaron a fabricar los primeros guantes específicos para los porteros. Si bien la tela que cubría la palma era todavía de felpa, su mero uso ya suponía un gran avance, puesto que en los años anteriores ni siquiera había sido tan habitual a no ser que las condiciones meteorológicas lo exigieran. En 1973, Reusch lanzó unos guantes de goma, cuero y caucho, hechos en exclusiva para el guardameta germano Sepp Maier. Posteriormente, en el año 1980, se incorporó el diseño de agarre y ya a finales del siglo XX se popularizaron masivamente los guantes que protegían los dedos.

Los materiales y los presupuestos con los que podían contar los clubes de fútbol eran muchísimo más limitados tras la Segunda Guerra Mundial, algo que, sin duda, definió el nuevo estilo de sus uniformes a partir de aquellos años. Desde entonces, se prefirieron emplear los tejidos sintéticos, por lo que las prendas pesaban menos y eran bastante más cómodas. También se caracterizaban por el uso de los cuellos en pico. En el año 1954, la empresa Adidas —fundada en 1949— fabricó las primeras botas que liberaban la superficie del tobillo. Estos botines eran el doble de caros que los habituales, pero tuvieron muy buena aceptación y cosecharon un éxito casi inmediato. Evidentemente, hubo de nuevo países y clubes que volvieron a sentir el rechazo hacia todas estas novedades, aunque lo cierto es que la mayoría de los equipos acabarían incorporándolas tarde o temprano, especialmente durante la década de los sesenta.

En cuanto al diseño de las camisetas, los colores de la década de los sesenta estaban caracterizados por su simpleza, en vista de que así se distinguían mucho mejor bajo las luces de los innovadores focos de los estadios. En la década de los setenta, las equipaciones empezaron a confeccionarse con modelos cada vez más personalizados. Fue también en aquella época cuando se comenzaron a fabricar los primeros guantes específicos para los porteros. Si bien la tela que cubría la palma era todavía de felpa, su mero uso ya suponía un gran avance, puesto que en los años anteriores ni siquiera había sido tan habitual a no ser que las condiciones meteorológicas lo exigieran. En 1973, Reusch lanzó unos guantes de goma, cuero y caucho, hechos en exclusiva para el guardameta germano Sepp Maier. Posteriormente, en el año 1980, se incorporó el diseño de agarre y ya a finales del siglo XX se popularizaron masivamente los guantes que protegían los dedos.

EL MERCADO DE LOS PATROCINIOS

Ante el aumento de ingresos que lograba el fútbol, así como ante la importancia global que estaba ganando como deporte, se inician los primeros patrocinios. En el año 1970, Puma se convierte en el patrocinador oficial de Pelé. La estrella brasileña cobró 120 000 dólares por vestir sus botas durante la Copa del Mundo de México. Además, la marca alemana le incitó a atarse los cordones en pleno partido para que los botines llenaran los medios gráficos de planos detalle. La trascendencia de los patrocinios era ya tal que se vivieron escenas tan peculiares como la ocurrida en la Copa del Mundo de Alemania 1974. La famosa anécdota estuvo protagonizada por Johan Cruyff, unido contractualmente a Puma. La selección de Países Bajos estaba patrocinada por Adidas y el jugador holandés se negaba rotundamente a vestir aquella camiseta. El episodio terminó con una solución cuanto menos curiosa: Cruyff se enfundó el uniforme del equipo, pero antes le quitó una de las tres rayas que recorrían los hombros y el lateral de los pantalones, seguramente, el sello más distintivo en el estilo de Adidas.

Los diseños de los uniformes se volvieron cada vez más complejos durante las décadas de los setenta y los ochenta. A partir de los años noventa, llegaron a ser bastante más atrevidos. No solo se buscaba la innovación, sino también los jugosos ingresos que suponían las ventas a los aficionados. Las experimentaciones con estampados muchas veces eran, incluso, demasiado arriesgadas. Uno de los ejemplos más claros fue la equipación del Hull City para la temporada 1992/93, que no quiso dejar dudas sobre por qué los integrantes del club inglés siempre han sido apodados como tigers. En el año 1993 se introdujo una importante novedad que llegó para quedarse: las camisetas identificaban, por fin, a cada uno de los jugadores, incorporando tanto la numeración como sus nombres. Expirando el siglo XX, se originó otra tendencia que se extendió rápido entre los futbolistas. Algunos vestían una segunda camiseta bajo la indumentaria de su equipo, en la que mostraban mensajes políticos o en apoyo a alguna causa. Esta práctica se reguló finalmente en el año 2002, prohibiéndose el uso de camisetas interiores con mensajes, logos o señales ajenas al club.

La evolución del diseño en las botas de fútbol se vio beneficiada por la normativa, que no establecía ninguna disposición sobre el color. Los fabricantes aprovecharon esta situación para diseñar prototipos con colores muy dispares y llamativos. El calzado de los futbolistas pasaría a ser un elemento fundamental del marketing; un recurso que aún hoy se sigue utilizando. De este modo, las botas son un detalle diferencial dentro del terreno de juego que permite una total personalización y creatividad, y que cada vez mejora más en los aspectos técnicos. El modelo que calzaba Johan Cruyff —las Puma King— fue uno de los primeros en popularizarse, así como las Nike Air Zoom Total 90 II de Luís Figo y las Nike Tiempo de Ronaldinho. Otra de las más conocidas fueron las Adidas Predator Mania que llevaba Zinédine Zidane y que estaban revestidas de goma para potenciar los golpes. Con relación a esta pieza imprescindible del equipamiento, cabe destacar la inteligente estrategia que se le ocurrió a Diego Armando Maradona. Cuando el patrocinador le entregaba el número de pares solicitado, el argentino esperaba a estar en el campo para atarse los cordones. Así lograba captar la atención de todos los periodistas, consiguiendo muchas imágenes de las botas y promocionándolas —aún más— indirectamente. En cambio, si le mandaban menos pares de los que había pedido, se ataba las botas dentro del vestuario y no despertaba ningún interés fotográfico por ellas.

Como doctor, Bilardo alcanzó la cima de su carrera en 1976, cuando decidió dejar la medicina profesional. / Archivo
Los diseños de los uniformes se volvieron cada vez más complejos durante las décadas de los setenta y los ochenta. A partir de los años noventa, llegaron a ser bastante más atrevidos. No solo se buscaba la innovación, sino también los jugosos ingresos que suponían las ventas a los aficionados. Las experimentaciones con estampados muchas veces eran, incluso, demasiado arriesgadas. Uno de los ejemplos más claros fue la equipación del Hull City para la temporada 1992/93, que no quiso dejar dudas sobre por qué los integrantes del club inglés siempre han sido apodados como tigers. En el año 1993 se introdujo una importante novedad que llegó para quedarse: las camisetas identificaban, por fin, a cada uno de los jugadores, incorporando tanto la numeración como sus nombres. Expirando el siglo XX, se originó otra tendencia que se extendió rápido entre los futbolistas. Algunos vestían una segunda camiseta bajo la indumentaria de su equipo, en la que mostraban mensajes políticos o en apoyo a alguna causa. Esta práctica se reguló finalmente en el año 2002, prohibiéndose el uso de camisetas interiores con mensajes, logos o señales ajenas al club.

La evolución del diseño en las botas de fútbol se vio beneficiada por la normativa, que no establecía ninguna disposición sobre el color. Los fabricantes aprovecharon esta situación para diseñar prototipos con colores muy dispares y llamativos. El calzado de los futbolistas pasaría a ser un elemento fundamental del marketing; un recurso que aún hoy se sigue utilizando. De este modo, las botas son un detalle diferencial dentro del terreno de juego que permite una total personalización y creatividad, y que cada vez mejora más en los aspectos técnicos. El modelo que calzaba Johan Cruyff —las Puma King— fue uno de los primeros en popularizarse, así como las Nike Air Zoom Total 90 II de Luís Figo y las Nike Tiempo de Ronaldinho. Otra de las más conocidas fueron las Adidas Predator Mania que llevaba Zinédine Zidane y que estaban revestidas de goma para potenciar los golpes. Con relación a esta pieza imprescindible del equipamiento, cabe destacar la inteligente estrategia que se le ocurrió a Diego Armando Maradona. Cuando el patrocinador le entregaba el número de pares solicitado, el argentino esperaba a estar en el campo para atarse los cordones. Así lograba captar la atención de todos los periodistas, consiguiendo muchas imágenes de las botas y promocionándolas —aún más— indirectamente. En cambio, si le mandaban menos pares de los que había pedido, se ataba las botas dentro del vestuario y no despertaba ningún interés fotográfico por ellas.

LA MODA EN EL FÚTBOL,
EL FÚTBOL EN LA MODA

La relación entre moda y fútbol corre en ambos sentidos. En 1962, apareció en los periódicos un vistoso anuncio en el que Alfredo Di Stéfano posaba con el uniforme del Real Madrid, pero la fotografía se cortaba a la altura de sus caderas, donde surgían unas piernas de mujer vistiendo unas medias y unos tacones. «Si yo fuera mi mujer, luciría medias Berkshire», decía el anuncio, que también se emitió en Televisión Española y en la radio. La polémica fue enorme. La década de los sesenta apenas había comenzado. España estaba recién empezando a incorporar ciertos cambios sociales y la idea de feminizar a un ídolo del fútbol enfureció a la afición. Santiago Bernabéu —que no tenía constancia de este acuerdo comercial— intentó presionar a Alfredo, aunque en los contratos no existía ninguna referencia a cuestiones de publicidad, ya que no era todavía un hecho habitual. El presidente del Real Madrid logró, sin embargo, que se retirase el anuncio de todos los medios de comunicación y devolvió el dinero que había cobrado el futbolista (175 000 pesetas). Además de una buena reprimenda, el atacante madridista recibió una sonora pitada por parte de su hinchada en el siguiente partido al escándalo, el 6 de enero de 1963. De esta manera tan peculiar, Di Stéfano se convirtió en el primer jugador en arriesgarse a protagonizar una campaña publicitaria. Casi de forma inmediata, el marketing y el patrocinio fueron ganando presencia en el fútbol; una publicidad que, actualmente, es tan frecuente que ni siquiera sorprende.

LA MODA EN EL FÚTBOL, EL FÚTBOL EN LA MODA

La relación entre moda y fútbol corre en ambos sentidos. En 1962, apareció en los periódicos un vistoso anuncio en el que Alfredo Di Stéfano posaba con el uniforme del Real Madrid, pero la fotografía se cortaba a la altura de sus caderas, donde surgían unas piernas de mujer vistiendo unas medias y unos tacones. «Si yo fuera mi mujer, luciría medias Berkshire», decía el anuncio, que también se emitió en Televisión Española y en la radio. La polémica fue enorme. La década de los sesenta apenas había comenzado. España estaba recién empezando a incorporar ciertos cambios sociales y la idea de feminizar a un ídolo del fútbol enfureció a la afición. Santiago Bernabéu —que no tenía constancia de este acuerdo comercial— intentó presionar a Alfredo, aunque en los contratos no existía ninguna referencia a cuestiones de publicidad, ya que no era todavía un hecho habitual. El presidente del Real Madrid logró, sin embargo, que se retirase el anuncio de todos los medios de comunicación y devolvió el dinero que había cobrado el futbolista (175 000 pesetas). Además de una buena reprimenda, el atacante madridista recibió una sonora pitada por parte de su hinchada en el siguiente partido al escándalo, el 6 de enero de 1963. De esta manera tan peculiar, Di Stéfano se convirtió en el primer jugador en arriesgarse a protagonizar una campaña publicitaria. Casi de forma inmediata, el marketing y el patrocinio comenzaron a ganar presencia en el fútbol; una publicidad que, actualmente, es tan frecuente que ni siquiera sorprende.

Di Stéfano se convirtió en el primer jugador en arriesgarse a protagonizar una campaña publicitaria

Como doctor, Bilardo alcanzó la cima de su carrera en 1976, cuando decidió dejar la medicina profesional. / Archivo

El fútbol se volvió un negocio muy rentable para sectores muy dispares y los futbolistas se transformaron en verdaderos iconos para las multitudes. Gracias a esta relación, la moda se enriqueció artísticamente con la aparición del estilo urbano, el cual encuentra sus precedentes en los raperos que, en la Francia de los años noventa, vestían la ropa de sus clubes favoritos, igual que se venía haciendo en Estados Unidos con las camisetas de baloncesto. El fútbol inspiró a la moda y la moda se dejó inspirar por el deporte. Los elementos futboleros llegaron incluso a colarse en las pasarelas. En 2016, el diseñador español David Delfín usó la referencia de la bufanda para un desfile de la Semana de la Moda de Madrid; dos años después, el ruso Gosha Rubchinskiy incorporó elementos de las equipaciones sobre la pasarela; ese mismo año, la firma francesa Koché eligió como protagonista de su colección primavera-verano al París Saint-Germain. Con estos diseños, el mundo de la moda revisitó —desde el lujo— la importancia global de los uniformes deportivos. En la actualidad, la tendencia vuelve a ser el fútbol, con calzados que se inspiran en las botas con tacos y con calcetines altos de la mano de marcas como Balenciaga o Marni.

El filósofo francés Gilles Lipovetsky afirmaba: «La moda no anula las reivindicaciones y la defensa de los intereses particulares, sino que los hace más negociables». El fútbol siempre ha tenido mucho que aportar a la sociedad en general, pero lo que más ha reivindicado a través de los tiempos es la unidad, aunando a millones de personas a lo largo y ancho de todo el planeta; conectándolas mediante aquellas emociones que nacen de las canciones, las jugadas, los colores y también mediante la ropa. La moda hermana aún más a una afición que canta al unísono los goles y que se caracteriza por la esperanza —y por la confianza— en el éxito de su equipo de toda la vida. Esta profunda pasión nace desde un sentido de pertenencia que se manifiesta con una ola de gente vestida con las prendas de su club. Todo un estadio exhibiendo las mismas camisetas, ondeando las mismas bufandas: la identidad de un equipo reflejada en esos colores que aprietan, orgullosos, sus aficionados junto al corazón.

Si el patrocinador le entregaba el número de pares solicitado, Diego Armando Maradona se ataba los cordones en el campo, captando la atención de todos los periodistas; en cambio, si enviaban menos pares de los que había pedido, salía con las botas ya atadas. / Jaroriro!

Si el patrocinador le entregaba el número de pares solicitado, Diego Maradona se ataba los cordones en el campo, captando la atención de todos; en cambio, si enviaban menos de los que había pedido, salía con las botas atadas./ Jaroriro!