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Alberto Lati

Periodista y escritor

DE BALONES, MILAGROS Y ESPERANZA

N
ada de limitarse a un sepelio sacralizado con rezos. Cuenta la Ilíada que Aquiles honró a su amigo Patroclo, muerto en batalla, organizándole competencias deportivas en plena Troya.

Difícil imaginar hoy a soldados midiéndose atléticamente entre metralla y metralla; se describe que los juegos fúnebres por Patroclo consistieron en carreras, lucha, pugilismo, lanzamientos y tiro con arco.

¿Por qué desgastarse con la práctica de deportes cuando la guerra escalaba tanto en fiereza como para ser la más salvaje que varias generaciones hubiesen presenciado? ¿Cómo pudo haber deporte hasta en esos campos troyanos regados de vísceras? Intentemos dos respuestas. La primera, por la carga ceremonial y mística que persiste en los actuales estadios, mito y rito mezclados en goles y cantos que brotan de las gradas. La segunda, porque cuando peor se está, mayor es la necesidad de atestiguar esa sublimación de las posibilidades del hombre: en su velocidad y resistencia, en su fortaleza y entereza, en su esfuerzo y sacrificio, se esconden los símbolos idóneos del muy humano don de la supervivencia —de hecho, los Olímpicos aludían en su denominación original, Olimpiakí Agónes, a la agonía: al estar al límite del colapso y subsistir—. Supervivencia, que es esperanza, que es unión, que es cohesión, que es reserva de fe.

Resulta oportuno mencionar que nuestros pandémicos años tienen precedentes por demás añejos. Por ejemplo, en el año 428 a.C. los Olímpicos de la antigüedad iban a ser cancelados. A la guerra del Peloponeso (Atenas contra Esparta), que ya se insinuaba duradera y cruenta, se añadía una epidemia que privaría al pueblo ateniense de una cuarta parte de su población. Hasta cien mil personas fallecerían por esa plaga, incluido el líder Pericles, lo que no derivó en que esos Juegos se suprimieran.
Sin falta, cada cuatro años habría un festival atlético en Olimpia, ya en períodos de abundancia o carencia, en días de estabilidad o crisis, entre armonía o rencor… y ese fue el modelo deportivo que heredamos, tataranietos de él nuestros certámenes modernos.
Por ello, cuando en 1906 la erupción del volcán Vesubio impidió que Roma albergara los Olímpicos de 1908, se buscó a toda costa una sede y Londres entró al rescate. Por ello, cuando en 1920, apenas concluida la Primera Guerra Mundial, no se concebía que fuera momento para organizar torneos, Amberes dotó a ese evento de un halo de concordia que se mantiene: el juramento de los atletas comprometiéndose a un accionar limpio, la liberación de palomas como alegoría de paz, el izar una bandera olímpica.
Así que el terremoto que destrozó a Chile en 1960 elevó la necesidad de que la nación andina escenificara en sus canchas la Copa del Mundo de 1962 («Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo» se leía ante el marcador en los estadios), como el que azotó a la Ciudad de México en 1985 reforzó para los locales la significación del Mundial de 1986 («México sigue en pie», repetía una campaña), como el de 2011 en Japón —y, sobre todo, el posterior tsunami que desató el desastre nuclear de Fukushima Daiichi— fue la principal baza para que Tokio pugnara por acoger los Olímpicos de 2020.
Cuando las cosas pintan inciertas, es común girar hacia la religión para sostenerse… y ninguna religión hay con más devotos a nivel global que el deporte.

Ya podemos mirar hacia la Sudáfrica recién extirpada del apartheid que recibió el Mundial de rugby de 1995. Tratándose de una disciplina practicada por blancos, el nuevo presidente, Nelson Mandela, comprendió los alcances que esa competición podía tener. Acaso la guerra civil más augurada, esa en la que los negros sudafricanos cobrarían venganza por el infinito historial de represión y segregación, no se consumó gracias a las anotaciones de los apodados Springboks y al uso que les dio el patriarca Madiba. Lo anterior pese a que el único seleccionado con sangre negra, Chester Williams, me explicaría tiempo después que al interior del plantel sufrió discriminación e insultos racistas.

Ya podemos mirar hacia la coronación en la Copa Asia 2007 de la selección de un Irak lacerado en su problemática étnica, religiosa y política. Su entrenador, el entrañable Jorvan Vieira, me relataba que «la ley era inflexible. En la concentración no se hablaba de política, no se hablaba de guerra, no se hablaba de religión ahí dentro». A eso agregó la obligación de que los futbolistas compartieran horarios de comida y habitaciones sin importar si eran sunitas, chiitas, kurdos o cristianos: «Todos juntos, a la misma hora a la mesa. En esas comidas, por primera vez todo el grupo junto, se generó el sentido de familia. Ahí los hice entender en lo que coincidían: todos querían lo mismo, traer una sonrisa a los labios de los iraquíes, a los ojos cansados de llorar, eso lo querían todos. Les demostré que querían lo mismo».

Ya podemos mirar hacia las dos Coreas que, sin haber firmado la paz desde la guerra de 1950-1953, compartieron equipo de hockey sobre hielo femenino en Pieonchang 2018 y desfilaron juntas en la inauguración bajo la bandera que muestra el mapa de la península sin divisiones.

Ya podemos mirar hacia la guerra civil de Costa de Marfil, solo terminada cuando su selección calificó al Mundial 2006 y el irrepetible Didier Drogba tomó el micrófono en el vestuario para enaltecer al fútbol a grados insospechados: «Nos hemos prometido que el festejo unirá a nuestro pueblo. Hoy les rogamos de rodillas. ¡Perdonen! ¡Perdonen! ¡Perdonen! Somos un solo país en África, tenemos tantas riquezas, no podemos caer en guerras así. Por favor, bajen sus armas».

Ya podemos asumir que, cuando más agudo torna el dolor y más angustioso se vislumbra el futuro inmediato, pocos analgésicos resultan más eficaces, pocos santos más milagreros, pocas terapias de sanación más infalibles, que el deporte. Por eso, entre tanta incertidumbre, el 2021 que esperábamos de pospandemia y acabaría siendo de interpandemia, no pudo ser más que con Olímpicos, Eurocopa, Copa América, Copa Oro y eliminatorias. Algunos con las gradas vacías, otros con las restricciones de traslado, algún caso de bochorno con autoridades sanitarias suspendiendo un partido… aunque con el balón renuente a frenar.

Finalmente, si como Homero narra, Aquiles encontró espacio a media Guerra de Troya, a mitad de la madre de todas las batallas, para llorar a Patroclo con unos juegos fúnebres, tampoco será tan complicado.